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jueves, septiembre 21, 2006

La rosa, el cactus y el roble

Al desierto llegó una rosa sin mucho carisma pero infinitamente atractiva, de belleza recta y prudente, era su perfume de escencia fría que atrajo como animal muerto a los animales vivos, penetraba dolorosamente a través de las fosas nasales de humanos comunes, para otros, un rocío era la caricia en la espalda de manos de una abuela que protege el sueño en la intranquila madrugada; un rocío es aceptar el suspiro del "extraño", gritarlo y terminar con una exhalación en lágrimas de este presente del pasado.
Existe un cactus que guarda gotas musicales y las tararea oprimiendo su pecho, sus sobrantes, llegan al abrazo de un macho roble enraizado cinco años en la arena: lloraron.
Esa rosa cuelga en un tubo del cortinero, reflejándose todos los días en el espejo, marchita por el agua y, manteniendo la curvatura de sus pétalos al cielo, espera por sus colores.
El roble se perdió buscando grandeza en tierras de clima caliente, grita ensimismado al ayer "Aquí están"; la rosa confirma ese sentir con lágrimas y el cáctus, ríe escribiendo códigos.
Ahí están, los tres, con vientos platicadores que van y no regresan; y yo, sólo soy el arroz negro que dio espalda al desierto dejando huellas en un susurro del eco que recuerda la lejanía.
Lucy Originales

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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skye dijo...

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skye