Por Lucy Originales
Caminando a mi casa dije: “aquí no ha pasado nada, cierro los ojos y listo, de nuevo, la amistad”
Había despertado, supe que mi boca cometió un pecado, lo decía el sabor, la deshidratación como de haber corrido kilómetros. Moví la lengua dentro de la boca, mojé mis labios y no reconocí el sabor. Quité el exceso de saliva en las esquinas con el pulgar y el dedo índice. Mi mano tenía un extraño olor: como a mí, pero no a mí.
Algo no andaba bien, lo sabía por la placa de maquillaje que olvidé quitarme, lo supe porque no amanecí en mi cama como cualquier domingo: despertando con pijama y mi cara limpia salvo algunos amigos verdes perdidos en los ojos, cabello con olor a bebé y mi cara de niña linda. Claro, el mundo no es color rosa.
Ese domingo fue un domingo de despertar en otra cama, apiadándose de mí la luna y el cielo, con alguien a mi lado y la cruda moral en mi cabeza, culpándome el descanso entre unos senos.
Algo andaba definitivamente mal, ni siquiera tenía mi almohada azul de zapatitos. Sí, cualquiera que haya sido el asunto, no estuvo bien, sin embargo sé que no pude dejar de pasar mis manos por esos senos hermosos, carnosos, redondos, blancos, Se sentían tan bien, imaginaba que en la madrugada los había hecho sentir por primera vez, senos. Sabía que por primera vez había hecho sentir a aquella mujer, mujer; sus pezones inquietos descansando en el tronco lo confirmaron. Me trepé en su cuerpo todavía entre sueños, agarré sus mejillas, tomé su barbilla con una mano y la obligué a besarme, qué difícil fue hacerla ceder a mis labios, la observé cerrar los ojos, le metí la lengua, mordí sus labios, estaba inmóvil, así la quería, nerviosa mientras pasaba mis uñas por un costado de su cuerpo, pecho con pecho, pude sentir cómo se elevaban los pezones, les di la lengua, mordí el perímetro del círculo, mi mano seguía bajando, ella abrió sus piernas, mi boca seguía bajando.
Eran las diez y treinta de la mañana, cuando sus labios estaban húmedos y calientes y yo estaba adentro, abrí sus labios bajo el ombligo con dos dedos, observé el cuarteto, dejé un quinto pasar entre ellos, su sabor y su aroma eran exquisitos, metí mi lengua por completo, chorreaba, tomé agua como un perro, seguía su jugo pasando por mi garganta.
Abrí más, resbalaba, quiso tocarme, acarició mi cabeza y me detuve molesta. Es sólo un sentimiento, es sólo una danza, pero no amor; le tomé los brazos con mis manos, los puse bajo sus nalgas, seguí con mi trabajo. Yo estaba escurriendo y entre más jugaba con el clítoris, más me deseaba yo misma ser penetrada por algún cabrón con la verga bien parada, me puse de rodillas sin dejar de comérmela, me abrí cuanto pude y me rocé con las sábanas de su cama. Agua, agua salía, escurría por sus labios como cascada, yo no podía tragármelo todo: había adentro, en su clítoris, entre la ingle, era hermosa la vista, brillosa; sequé cuanto pude con la lengua de abajo hacia arriba y ella temblaba, llegaba el fin, no me contuve, le metí los dedos, movió su cadera, liberó sus manos, quería quitarme, me levanté, tomé sus brazos con mi mano izquierda, le abrí las piernas con mis piernas, mis pechos se columpiaban cerca de su boca, ¡la muy maldita quería morderlos! La sujeté más fuerte de sus extremidades, le metí cuatro dedos, comprimía, la volví a abrir, estaba gozando, gemía, entre sollozos escuchaba No más. Seguí y seguí moviendo los cuatro dedos, estaba completamente cerrada, gemía. -¡Ya, ya!-, decía. Yo disfrutaba ver esa expresión en su cara, me acerqué a su boca para sentir su exhalación, la besé.
-¿Ya?-, le mordí los labios –contéstame, ¿ya?-
-Sí, ya-
-Entonces, dámelo, quiero sentirlo-
-No puedo-
-¿No puedes?-
Me metí, la sobé, la chupé, me suplicaba detenerme, temblaba, se movía.
-¡Dámelo!-, le grité.
Sola abrió, hubo un instante en el que no hizo algún movimiento, seguí con mi lengua, luego no la toqué más, levantó sus piernas doblándolas, mi boca estaba ahí, lista para recibirla, se cerró, su clítoris quedó guardado, bajé para entrar, por fin se abrió y lo dejó salir. Ahí debía actuar con mis manos, le sostuve los labios, manejando mi lengua y bebiendo. Gemía con rapidez, se estremeció, suspiró, pausó su respiración, bajaban sus piernas lento, yo iba a su ritmo; sus manos tomaron los muslos y les ayudó a llegar al colchón. Dio un suspiro final, pasé mi lengua una última vez de abajo hacia arriba, todo estaba clausurado, me levanté, recargándome en sus piernas, besé nuestro sexo, me quedé de pie, viéndola.
Sonrió acostada y golpeaba la almohada a un lado de ella.
-Ya sabes que no uso almohada-, la brinqué.
-Sí, ya sé, pero… ven… abrázame- dijo con los ojos entrecerrados.
Le sonreí, caminé a un lado de la cama.
-Ya me tengo que ir, me voy a bañar-
Cerró y abrió sus ojos y la boca, suspiró.
-¿Te acompaño?-, me gritó desde la cama.
-No mi reina, ya sabes que el baño es un ritual personal- abrí la llave de la ducha.
Yo sabía que algo había pasado la noche anterior, pero no estaba segura, así que lo mejor era comprobarlo volviéndolo a hacer o haciéndolo por primera vez.
Al salir de la regadera las cosas eran sencillas: “aquí no ha pasado nada, cierro los ojos y listo, de nuevo, la amistad”
-Ya me voy niña, te veo luego- Se cierra la puerta y camino a mi casa para continuar con un domingo cualquiera.
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viernes, septiembre 07, 2007
viernes, agosto 31, 2007
Manual de un viajero
Por Lucy Originales
Campos verdes y terracotas, mañana verán mejor, duele tu tierra; acaso sabes mañana dónde estarás, ¡hombre!, que cuanta facilidad haya para el éxtasis, cuanto menos será el placer de encararlo, entonces, un alcohol enlatado llega al cuerpo, la contraparte del ser busca la equidad en su igual, manteniéndose firme en el blues al baúl, en el teléfono que no se presta; la pintura es feliz por el que sufre de amores, un pincelazo de perro rústico con música en las orejas; la nota del sexo incapaz; cuerpos inertes y provocadores y coquetos de sus manos celosas, escultoras de vívidas masas escritas; personas creyentes, los que escriben, afirman en el agujero de mañana: ¿llegaré?, mañana, lo que no sé es con quién, mañana temo olvidar todo lo que he vivido, mañana quiero dualidad en mí, esa que juega entre la realización de una persona y la putrefacción de la misma; mañana quiero recordar lo de hoy y hoy, igualmente, recuerdo el ayer y el mañana…viaja en el autobús, le toca el movimiento de la tierra, le toca el golpe del sol al mediodía, cae con penoso asunto, escribe a tientas de borracho, enfoca el paisaje con su música Buddha Bar y observa línea blanca, línea blanca, línea blanca, se desvía a donde encuentra luz, línea blanca, línea blanca, poste, busca una estrella que fertilizará el piso, línea blanca, línea blanca, mosquito embarrado en el parabrisas, sus ojos arden ante lo que no debe ver a esas horas, lloran porque es ahora cuando quiere verse y suena la campana cansada, se catea y entra su mirada en sus senos, duelen los hombros, lagrimea con la calefacción y recarga con naturalidad, Bienvenido, cómo te fue en tu viaje, listo, se te fue el viaje, sonríe y saluda, elude tus pensamientos, ya fueron.
Campos verdes y terracotas, mañana verán mejor, duele tu tierra; acaso sabes mañana dónde estarás, ¡hombre!, que cuanta facilidad haya para el éxtasis, cuanto menos será el placer de encararlo, entonces, un alcohol enlatado llega al cuerpo, la contraparte del ser busca la equidad en su igual, manteniéndose firme en el blues al baúl, en el teléfono que no se presta; la pintura es feliz por el que sufre de amores, un pincelazo de perro rústico con música en las orejas; la nota del sexo incapaz; cuerpos inertes y provocadores y coquetos de sus manos celosas, escultoras de vívidas masas escritas; personas creyentes, los que escriben, afirman en el agujero de mañana: ¿llegaré?, mañana, lo que no sé es con quién, mañana temo olvidar todo lo que he vivido, mañana quiero dualidad en mí, esa que juega entre la realización de una persona y la putrefacción de la misma; mañana quiero recordar lo de hoy y hoy, igualmente, recuerdo el ayer y el mañana…viaja en el autobús, le toca el movimiento de la tierra, le toca el golpe del sol al mediodía, cae con penoso asunto, escribe a tientas de borracho, enfoca el paisaje con su música Buddha Bar y observa línea blanca, línea blanca, línea blanca, se desvía a donde encuentra luz, línea blanca, línea blanca, poste, busca una estrella que fertilizará el piso, línea blanca, línea blanca, mosquito embarrado en el parabrisas, sus ojos arden ante lo que no debe ver a esas horas, lloran porque es ahora cuando quiere verse y suena la campana cansada, se catea y entra su mirada en sus senos, duelen los hombros, lagrimea con la calefacción y recarga con naturalidad, Bienvenido, cómo te fue en tu viaje, listo, se te fue el viaje, sonríe y saluda, elude tus pensamientos, ya fueron.
domingo, agosto 26, 2007
El silencio de la puta
Por Lucy Originales
Los sonidos y algunos ruidos me divierten, a veces me dan dolor de cabeza, siempre lo han hecho: el avión acercándose o despegando del aeropuerto; un niño que llora a chorros dentro de una casa; el motor de un carro viejo; otro carro dando la vuelta; las ligeras voces de una familia sentada en una banca en la plaza, charlando; unos tacones caminando frente a la banca donde está la familia, luego frente a mi banca para luego sentarse una banca adelante sin taconear ante la obvia espera, voltean a un lado y a otro; un trailer encendiendo “motores” preparándose para el viaje; un camión de ruta cambiando de velocidad al topar con esta plaza y dar vuelta; la pelota de un niño que rueda cerca de mis pies; las llantas de un triciclo pisando los granitos de arena en el pavimento; la sandalia pesada de una niña con un vestido pequeño, jugando a ser grande. Todos son hermosos, todos son bellos y todos y cada uno dicen algo; un niño encabezando la caballería de bicicletas confesando a otro que es su primera vez en dichos menesteres; el niño más grande escucha atento y confiesa haber sentido la misma emoción en su primera vez pero la cosa se pone buena pues, con todo y esencia de niños, demuestran rivalidad conciente; el cambio de tono en las voces.
Una niña los acompaña y me fascina el raciocinio de mi género, parece que escuchar tantas barbaridades le ha aburrido y se aleja. Yo, me desvío también a buscar aquellos olores que conforme prenden los faroles no sólo hacen aparecer sombras sobre la plaza, sino también a los hamburgueseros o a los señores de los tacos de la esquina: ¡las carnes están en la parrilla! Se está cocinando la carne, casi escucho la sangre gotear sobre el carbón: una y otra, y otra más y hacen que el carbón humee y entonces el olor es más fuerte y me da más hambre, segrego saliva como un perro hambriento a la espera de que alguien me lance un pedazo de carne, pero sólo se les ocurre aventar las migas de pan que les sobra. ¡Malditos!.
Definitivamente entra la noche, los faroles están al cien por ciento encendidos por todo el caminito que hace una cruz sobre y dividiendo la plaza. Iluminada se ve mejor, más coqueta, más cachonda, más romántica, más viva, pero siempre estática. Su función es nula si no hay gente, por fortuna siempre hay pero siempre en la noche; andan en ella un rato y luego se van. Debería ser por más rato, noche. Parecería que nadie tiene asuntos por resolver, están tan campantes los hijos de la chingada que me dan envidia.
Olores y sonidos. Escucho otro muy peculiar, es música de barrio, música “guapachosa”, está lejos todavía de mí; pero le reconozco tan bien: es el ¡señor de los elotes!, bendito sea el ¡señor de los elotes! que con el ruidito de su moto dice que ha entrado la noche, que por fin nos podemos echar algo calientito en esta ciudad caliente. Ojala llegue rápido para comprarle uno. ¡Tengo hambre!
Hay cientos de sonidos.
Se hizo el cambio de guardia en la plaza, las conciencias se pierden en los arbustos y mentadas de césped, los pájaros ya han volado, están dormidos, ahora sólo hay grillos y no se les ve, apenas se les escucha, nadie quiere escucharles, es que por lo general son aburridos, te mandan a dormir en cuanto les prestas atención y esa es mi canción de cuna, han sido muchos ruidos por hoy y realmente, sólo uno me ha conquistado: el silencio de la puta, dueña de los tacones, sentada una banca delante de mi.
Los sonidos y algunos ruidos me divierten, a veces me dan dolor de cabeza, siempre lo han hecho: el avión acercándose o despegando del aeropuerto; un niño que llora a chorros dentro de una casa; el motor de un carro viejo; otro carro dando la vuelta; las ligeras voces de una familia sentada en una banca en la plaza, charlando; unos tacones caminando frente a la banca donde está la familia, luego frente a mi banca para luego sentarse una banca adelante sin taconear ante la obvia espera, voltean a un lado y a otro; un trailer encendiendo “motores” preparándose para el viaje; un camión de ruta cambiando de velocidad al topar con esta plaza y dar vuelta; la pelota de un niño que rueda cerca de mis pies; las llantas de un triciclo pisando los granitos de arena en el pavimento; la sandalia pesada de una niña con un vestido pequeño, jugando a ser grande. Todos son hermosos, todos son bellos y todos y cada uno dicen algo; un niño encabezando la caballería de bicicletas confesando a otro que es su primera vez en dichos menesteres; el niño más grande escucha atento y confiesa haber sentido la misma emoción en su primera vez pero la cosa se pone buena pues, con todo y esencia de niños, demuestran rivalidad conciente; el cambio de tono en las voces.
Una niña los acompaña y me fascina el raciocinio de mi género, parece que escuchar tantas barbaridades le ha aburrido y se aleja. Yo, me desvío también a buscar aquellos olores que conforme prenden los faroles no sólo hacen aparecer sombras sobre la plaza, sino también a los hamburgueseros o a los señores de los tacos de la esquina: ¡las carnes están en la parrilla! Se está cocinando la carne, casi escucho la sangre gotear sobre el carbón: una y otra, y otra más y hacen que el carbón humee y entonces el olor es más fuerte y me da más hambre, segrego saliva como un perro hambriento a la espera de que alguien me lance un pedazo de carne, pero sólo se les ocurre aventar las migas de pan que les sobra. ¡Malditos!.
Definitivamente entra la noche, los faroles están al cien por ciento encendidos por todo el caminito que hace una cruz sobre y dividiendo la plaza. Iluminada se ve mejor, más coqueta, más cachonda, más romántica, más viva, pero siempre estática. Su función es nula si no hay gente, por fortuna siempre hay pero siempre en la noche; andan en ella un rato y luego se van. Debería ser por más rato, noche. Parecería que nadie tiene asuntos por resolver, están tan campantes los hijos de la chingada que me dan envidia.
Olores y sonidos. Escucho otro muy peculiar, es música de barrio, música “guapachosa”, está lejos todavía de mí; pero le reconozco tan bien: es el ¡señor de los elotes!, bendito sea el ¡señor de los elotes! que con el ruidito de su moto dice que ha entrado la noche, que por fin nos podemos echar algo calientito en esta ciudad caliente. Ojala llegue rápido para comprarle uno. ¡Tengo hambre!
Hay cientos de sonidos.
Se hizo el cambio de guardia en la plaza, las conciencias se pierden en los arbustos y mentadas de césped, los pájaros ya han volado, están dormidos, ahora sólo hay grillos y no se les ve, apenas se les escucha, nadie quiere escucharles, es que por lo general son aburridos, te mandan a dormir en cuanto les prestas atención y esa es mi canción de cuna, han sido muchos ruidos por hoy y realmente, sólo uno me ha conquistado: el silencio de la puta, dueña de los tacones, sentada una banca delante de mi.
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