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viernes, agosto 31, 2007

Manual de un viajero

Por Lucy Originales

Campos verdes y terracotas, mañana verán mejor, duele tu tierra; acaso sabes mañana dónde estarás, ¡hombre!, que cuanta facilidad haya para el éxtasis, cuanto menos será el placer de encararlo, entonces, un alcohol enlatado llega al cuerpo, la contraparte del ser busca la equidad en su igual, manteniéndose firme en el blues al baúl, en el teléfono que no se presta; la pintura es feliz por el que sufre de amores, un pincelazo de perro rústico con música en las orejas; la nota del sexo incapaz; cuerpos inertes y provocadores y coquetos de sus manos celosas, escultoras de vívidas masas escritas; personas creyentes, los que escriben, afirman en el agujero de mañana: ¿llegaré?, mañana, lo que no sé es con quién, mañana temo olvidar todo lo que he vivido, mañana quiero dualidad en mí, esa que juega entre la realización de una persona y la putrefacción de la misma; mañana quiero recordar lo de hoy y hoy, igualmente, recuerdo el ayer y el mañana…viaja en el autobús, le toca el movimiento de la tierra, le toca el golpe del sol al mediodía, cae con penoso asunto, escribe a tientas de borracho, enfoca el paisaje con su música Buddha Bar y observa línea blanca, línea blanca, línea blanca, se desvía a donde encuentra luz, línea blanca, línea blanca, poste, busca una estrella que fertilizará el piso, línea blanca, línea blanca, mosquito embarrado en el parabrisas, sus ojos arden ante lo que no debe ver a esas horas, lloran porque es ahora cuando quiere verse y suena la campana cansada, se catea y entra su mirada en sus senos, duelen los hombros, lagrimea con la calefacción y recarga con naturalidad, Bienvenido, cómo te fue en tu viaje, listo, se te fue el viaje, sonríe y saluda, elude tus pensamientos, ya fueron.

domingo, agosto 26, 2007

El silencio de la puta

Por Lucy Originales

Los sonidos y algunos ruidos me divierten, a veces me dan dolor de cabeza, siempre lo han hecho: el avión acercándose o despegando del aeropuerto; un niño que llora a chorros dentro de una casa; el motor de un carro viejo; otro carro dando la vuelta; las ligeras voces de una familia sentada en una banca en la plaza, charlando; unos tacones caminando frente a la banca donde está la familia, luego frente a mi banca para luego sentarse una banca adelante sin taconear ante la obvia espera, voltean a un lado y a otro; un trailer encendiendo “motores” preparándose para el viaje; un camión de ruta cambiando de velocidad al topar con esta plaza y dar vuelta; la pelota de un niño que rueda cerca de mis pies; las llantas de un triciclo pisando los granitos de arena en el pavimento; la sandalia pesada de una niña con un vestido pequeño, jugando a ser grande. Todos son hermosos, todos son bellos y todos y cada uno dicen algo; un niño encabezando la caballería de bicicletas confesando a otro que es su primera vez en dichos menesteres; el niño más grande escucha atento y confiesa haber sentido la misma emoción en su primera vez pero la cosa se pone buena pues, con todo y esencia de niños, demuestran rivalidad conciente; el cambio de tono en las voces.
Una niña los acompaña y me fascina el raciocinio de mi género, parece que escuchar tantas barbaridades le ha aburrido y se aleja. Yo, me desvío también a buscar aquellos olores que conforme prenden los faroles no sólo hacen aparecer sombras sobre la plaza, sino también a los hamburgueseros o a los señores de los tacos de la esquina: ¡las carnes están en la parrilla! Se está cocinando la carne, casi escucho la sangre gotear sobre el carbón: una y otra, y otra más y hacen que el carbón humee y entonces el olor es más fuerte y me da más hambre, segrego saliva como un perro hambriento a la espera de que alguien me lance un pedazo de carne, pero sólo se les ocurre aventar las migas de pan que les sobra. ¡Malditos!.
Definitivamente entra la noche, los faroles están al cien por ciento encendidos por todo el caminito que hace una cruz sobre y dividiendo la plaza. Iluminada se ve mejor, más coqueta, más cachonda, más romántica, más viva, pero siempre estática. Su función es nula si no hay gente, por fortuna siempre hay pero siempre en la noche; andan en ella un rato y luego se van. Debería ser por más rato, noche. Parecería que nadie tiene asuntos por resolver, están tan campantes los hijos de la chingada que me dan envidia.
Olores y sonidos. Escucho otro muy peculiar, es música de barrio, música “guapachosa”, está lejos todavía de mí; pero le reconozco tan bien: es el ¡señor de los elotes!, bendito sea el ¡señor de los elotes! que con el ruidito de su moto dice que ha entrado la noche, que por fin nos podemos echar algo calientito en esta ciudad caliente. Ojala llegue rápido para comprarle uno. ¡Tengo hambre!
Hay cientos de sonidos.
Se hizo el cambio de guardia en la plaza, las conciencias se pierden en los arbustos y mentadas de césped, los pájaros ya han volado, están dormidos, ahora sólo hay grillos y no se les ve, apenas se les escucha, nadie quiere escucharles, es que por lo general son aburridos, te mandan a dormir en cuanto les prestas atención y esa es mi canción de cuna, han sido muchos ruidos por hoy y realmente, sólo uno me ha conquistado: el silencio de la puta, dueña de los tacones, sentada una banca delante de mi.

viernes, julio 06, 2007

La Prostitución

Por Lucy Originales

“La prostitución es la entrega”
Charles Baudelaire

La prostitución se entrega a nosotros, como nosotros a ella; un día nos encontramos sin pellejo y continúan los latigazos de pudorosa procedencia, pero lo hecho, impregnado está, ese olor tan peculiar, tan familiar, ahí está; ese olor que no quieres sabotear o esa mancha que no quieres purificar de tu piel. ¡Ah, sí! La prostitución es gratuita y realmente no importa con quién sea, sólo que sea con quien se escoja, pues se trata de escoger y no de ser escogido. Vaya, qué vulnerabilidad existe entonces, cierta dualidad como en todo. Por qué cobrar tanta miseria en nuestras mentes, por qué el castigo puro y nato ante lo que el cuerpo quiere, por el contrario, si la soledad permite al hombre andar e ir tras las puertas de aquella dama sentada en el jardín, con el sexo interrogando el viento, bajo su cubierta falda, sin tablillas, hacerlo, lengüetear como si fuese un caramelo, como si fuese una paleta de hielo derritiéndose, o qué hacer ante la insípida insinuación de un hombre que inspecciona su rígido instrumento de placer para meterlo donde se le plazca, ¡dejar que entre!. Abran las piernas mujeres deseosas mustias de la insana caridad. ¡Háganlo! Déjate y sé uno de ellos, uno más, estamos en todo nuestro derecho, Eros así lo ha dicho, así lo ha aceptado. Disfrutaste demasiado al llegar a la parte más blanda, para luego morder, sedujiste a la naturaleza, subiste por el Nazas entre las piernas y al segundo paso, flaqueaste. Cuántas veces he querido prostituirme con aquellos ilustres que hicieron del sentir, un memorandum, mas entonces existe en mí un estanque, una extrema pertenencia y atadura fuera del mito, nadie pertenecemos a nadie, sólo en préstamo. A tono de Corazón al desnudo, uno piensa que es cierto, el que a uno le costará más que al otro el desprendimiento o el acercamiento y aquel que piensa en esto, es el que más ama pero en la entrega, siempre habrá un tercero que encuentre en esa comida podrida lo que el degustador jamás encontró.